Camino de Santiago – 1r día

Domingo 4 de abril de 2010

Llevaba dos días de clausura en casa de mi padre meditando sobre si ya estaba preparado o no para el reto, aprovechando que él se había ido de fin de semana con su pareja. Pensaba en si lo tenía todo bien atado antes de marcharme. Mis cosas estaban todas en una de las doce cajas que dejé en mi casa, puesto que no sabía si volvería o no de este viaje. Quedé con mi compañero de piso que le pagaría una fracción del alquiler para tener la oportunidad de volver si las cosas no acababan de salir como en mis sueños. El sueño utópico era seguir manteniéndome en el viaje sin tener que volver a mi sancta sanctorum. No me quejo del resultado que los dioses eligieron para este peregrino.

Me había entrenado bastante con las largas excursiones por la sierra de Collserola, aunque hubiera sido mucho más astuto entrenarme con una mochila en la espalda. La astucia no ha sido jamás uno de mis fuertes, así que la tengo que suplir con un poco de resistencia al sufrimiento. Pensaba en todo ello y en todo lo que dejaba detrás. No lo veía como unas vacaciones sino como un nuevo camino vital: El camino que tuve que interrumpir al regresar de Perú. De hecho camino sólo hay uno, pero hay periodos que nos parecen más una pausa y otros que son más vívidos.

Es interesante como funciona la memoria. Tengo un recuerdo nítido de cada uno de los días que pasé en el viaje, mientras que si pienso en el último mes tengo recuerdos fraccionados. ¡Y mira que estoy rodeado de nuevos imputs al haber cruzado el Atlántico! Pero por muchas novedades que vivo aquí, me falta el aliciente de vivir todos y cada uno de los instantes con plenitud. Aquí vivo el modelo vital occidental, trabajo, ahorro, me divierto con la vida social por la ciudad, pero no vivo paso a paso. Ningún miembro de la sociedad puede vivir paso a paso. En el camino no hay otra que vivir cada instante, porque los imputs aparecen poco a poco y tienen tiempo de ser retenidos en la mente.  Pero me voy del tema…

Me hubiera gustado ser un tipo responsable y levantarme a las seis de la mañana para iniciar mi ruta, pero como soy un vividor no salí de casa hasta después de comer. Pensé: Total, es mi camino y mi elección, nadie me controla, no hay razón para que salga antes. Los dioses, tan graciosos como siempre, ya se encargaron de recordarme porqué la gente que se va a caminar largos recorridos sale bien pronto de casa. Miré por la ventana y hacía un buen día soleado. El calor no era agobiante. Había sacado un montón de cosas de la mochila, incluso la concha que me “acreditaba” como peregrino, un augurio de que terminaría antes de llegar a Santiago. También desestimé la cámara fotográfica, puesto que pensaba que un autentico peregrino tenía que vivir las experiencias interiormente, no a través de una lente. Ahora me arrepiento de ello. También hubiera sido inteligente no dejar la brújula, ya que me perdí en infinidad de ocasiones.

Mi mochila la componía un pantalón largo, uno corto, dos camisetas (error, ¡mínimo llévate tres!), cinco calzoncillos, cinco pares de calcetines, el neceser, una cantimplora y un frontal que me prestó mi padre, una navaja multiusos, un plato metálico y cubiertos, la tienda de campaña, el saco de dormir de alta montaña, la esterilla, un forro polar que me prestó un amigo, un chaleco reflectante y un chubasquero. Me enfundé las botas de treking del Decathlon, me puse la mochila al hombro agarré los dos palos de caminar y cerré la puerta detrás de mi. Nota: Uno de los palos me lo dio mi tía, era un palo típico de peregrino con punta de hierro, y el otro era un antiguo bastón de escoba de madera que me regaló un amigo. ¡El camino había comenzado! Es difícil describir la alegría que sentía por emprender por fin esta aventura que tanto anhelaba.

A unos doscientos metros tenía el monasterio de Sant Cugat, así que dirigí mi pasos hacia allá para saludar a los santos para recibir su bendición. Obviamente a las tres de la tarde de un domingo la iglesia estaba cerrada a cal y canto, así que tras la pequeña desilusión inicial miré al rosetón y pedí a los dioses ayuda, fuerza y sabiduría.

A esa hora no había mucha gente por la calle, así que no tuve que detener mis pasos para dar explicaciones a nadie y pude seguir tranquilamente hasta Mirasol. Había decidido no ir por el camino típico hacia Montserrat pasando por la zona de Terrassa, así que mis pasos se dirigieron hacia Castellbisbal. Hubiera sido astuto mirar un mapa (que no fuera google maps), o preguntar a alguien que supiera la mejor ruta hacia Montserrat, pero como te he comentado antes suplo la astucia por un optimismo ciego. Llegué a la carretera, y como no veía un camino mejor empecé a caminar dirección Barcelona. Mantenía siempre la mirada fija en Montserrat, para poder coger un “atajo” que fuera más bonito que una carretera llena de tráfico. Algunos amables conductores me animaron pitando y sacando el brazo por la ventana, quiero pensar que no era para cagarse en el payaso con la mochila que iba por la cuneta.

La carretera no se dirigía directo a Montserrat , así que al ver un camino que sí se dirigía en la dirección que me interesaba me desvié de mi ruta mental inicial. Acabé en una zona poligonal. Mientras estaba cruzando el polígono un coche blanco se acercó a mi. Era un hombre de seguridad que se preguntaba que demonios hacía un mochilero por allí. Le dije que era un peregrino y que me dirigía a Montserrat. Me convenció para acompañarme hasta el final del polígono en su auto (no le costó mucho puesto que andar por polígonos no era mi sueño de camino) y me indicó como cruzar Castellbisbal. Me hubiera gustado ser previsor y saber como era la geografía de la zona, pero mi amigo google maps tampoco había sido muy preciso. Hice unas cuantas bajadas y subidas hasta llegar finalmente a una colonia de Castellbisbal. Fui abandonando el núcleo urbano por una senda de tierra mientras unas simpáticas nubes se iban deslizando disimuladamente encima de mi cabeza. Cuando me di cuenta porque a una se le ocurrió tapar el sol unos instantes, me dije: ¡Genial! Que amables son los dioses por taparme el sol, empezaba a sudar demasiado. Llegué a un campo desde donde veía nítidamente la montaña y dirigí mis pasos valientemente hacia allá campo a través, pasando de los caminos que parecían no querer dirigirse a mi destino.

Un primer trueno anunció que las simpáticas nubes quizás no lo eran tanto, mientras las primeras gotas empezaron a caer a mi alrededor. Vi una mágica cabaña desde donde se oía a alguien tocar una flauta, y pensé: después del polígono esto es lo más. Música, viento, lluvia en medio del campo con la mochila…. El problema es que el campo no era tan plano como suele ser un campo, sino que estaba cruzado de zarzas y barrancos abiertos por arroyos. Lo que parecía la mejor ruta era un callejón sin salida así que di un rodeo en busca de un camino viable. El viento empezó a soplar amenazadoramente y la lluvia me picaba con excesiva fuerza, cuando comprendí que las nubes se estaban divirtiendo a base de arrojar pedazos de hielo de pocos centímetros a los incautos excursionistas domingueros que pululaban por allí.

Me puse el impermeable y  busque infructuosamente un lugar donde ponerme a cubierto. En medio del campo es difícil encontrar un árbol amigo que quiera proteger a uno de ser martilleado por las piedras celestes. Así que me puse la esterilla de protección antipiedras en la cabeza y recé para que el hielo no aumentara de tamaño y mi camino no terminara el primer día con una brecha en la cabeza. Volví a dirigir mis pasos hacia atrás, a Castellbisbal y la pedrada disminuyó poco a poco hasta terminar, justo cuando ya había llegado a la primera casa y me había refugiado bajo un balcón. ¡Ok dioses, mensaje captado, iré por carretera y dejaré las aventuras campo a través para otro día!- pensé.

De allí seguí buscando la “mítica” carretera de Montserrat, aunque lo único que encontré fue la vía de la RENFE. Me paré para hacer un cigarro y conocí a unas chicas que al ser extranjeras no tenían ni idea de la ruta que tenía que seguir ya que unas colinas escondían de mi vista Montserrat y no tenía muy clara la ruta. Un conductor de autobús me indicó que si seguía la vía encontraría un camino de tierra que me llevaría a la carretera de Martorell. Seguí su consejo y me adentré en un precioso bosque de pino mientras el sol empezaba a despedirse detrás de las montañas. Ya llevaba unas cuantas horas andando y estaba algo cansado, pero esa imagen de la puesta de sol me hizo recuperar fuerzas.

El camino ascendía hasta otra urbanización y no me costó encontrar la carretera, que bajaba haciendo eses hasta encontrar la carretera de olesa, paralela a la autopista. Ya era de noche cuando llegué al lado de la autopista, y seguí andando por el lateral hasta llegar a un puente-rotonda donde me paré a descansar con la espalda completamente destrozada. Vi el cartel que ponía Olesa y sonreí para mis adentros pensando: estoy llegando a mi primer objetivo. En medio de la euforia y el cansancio mis demonios querían que me rindiese e hiciera autostop para acabar el pequeño tramo que me quedaba hasta Olesa. ¡Qué iluso! A esas horas nadie se para a recoger a un mochilero tirado en un rincón de la rotonda, así que al cabo de veinte minutos y con fuerzas renovadas seguí andando hacia la ciudad.

Ya eran las doce de la noche cuando vi una perfecta extensión de césped de una empresa del polígono industrial de Abrera y decidí plantar la tienda. Me acosté, cerré los ojos y mientras pensaba en las experiencias del día me dormí como un lirón mientras los faros de los coches iban iluminando la tienda de vez en cuando.

Si, ya sé que el primer día no parece muy mágico, pero te aseguro que incuso por las carreteras y los polígonos ya empezaba a intuir que esta sería una de las experiencias más gratas de mi vida.

Espero no haberte aburrido demasiado y que sigas a mi lado bajo esta preciosa noche estrellada, disfrutando del calor del fuego, mientras explicamos las historias de nuestros caminos.

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2 respuestas a Camino de Santiago – 1r día

  1. Orkito dijo:

    El camino se hace andando.

    Bien por vos!

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