Camino de santiago – 5° día

Jueves 8 de abril

Las agujetas, aliadas circunstanciales de las suaves y envolventes sábanas, se empeñaban en hacerme yacer todo el día. En un esfuerzo sobrehumano logré afinar mi voluntad, y hacia las 8:30 h me levanté de la confortable litera, después de la marcha de los compañeros de celda. Con pasos temblorosos, me dirigí tambaleante a las duchas, y fue entonces cuando por fin me zafé del yugo de Morfeo.

Una vez hecha la mochila fui a pedir la credencial de peregrino a las oficinas de Montserrat. Mis ojos entreabiertos aun no se habían acostumbrado a la luz del sol cuando al abrir la puerta de las dependencias de peregrinos me encontré en medio de una marabunta de turistas que habían acudido esa mañana a admirar a la Moreneta. Después de la tranquilidad y el misticismo de la tarde anterior, este nuevo escenario salpicado por las miríadas de personas que merodeaban los alrededores de la abadía, se me hacía un tanto ingrato, por lo que crucé tan rápido como pude el mar de gentío y me refugié en la oficina del peregrino.

Un amable secretario apuntó mis datos en un cuaderno y me hizo entrega de la credencial de peregrinaje que me imbuía de la mística aura de peregrino de manera oficial. Salí de la oficina puerilmente extasiado por el símbolo de cartulina que contenía los mapas de la ruta oficial. Volví a mezclarme con el gentío sin tener muy claro si seguía hacia Igualada o dirigía mi ruta hacia “Sant Llorenç de Munt”. Me dirigí hacia un panel que contenía un mapa de la sierra de Montserrat, y fue en ese preciso instante cuando las voces de mi corazón se elevaron por encima del ruido de la multitud. Al escucharlas me percaté de que el camino  planeado durante las semanas previas al inicio de la expedición era el que realmente deseaba recorrer.

Empecé a deshacer camino por el “camí de les aigües” hasta encontrar el cruce con el “camí dels Tres Quarts”, que me acercaría a Monistrol. Bajando una montaña es más sencillo admirar el paisaje y, en un día tan claro y soleado, los picos nevados de los Pirineos ejercieron su magnética fuerza de atracción que acabaron de disipar las dudas y los miedos.

En poco más de una hora me encontraba en la carretera de Monistrol, a escasos centenares de metros del pueblo. Un hombre de avanzada edad que estaba cortando la maleza alrededor de un pequeño campo de fútbol me indicó cómo llegar a la plaza del pueblo. Al ser jueves era el día del mercadillo de la localidad. Había paradas de ropa, zapatos, y lo más importante para mí: una parada de fruta. Compré una bolsa enorme de fresas por dos euros y seguí mi camino.

Paré  en una tienda de comestibles y compré un poco de atún y una barra de pan. Cuando expliqué que era un peregrino (previa pregunta por las pintas) me regalaron dos barras de cereal y una chocolatina. Parecía que los dioses me sonreían de nuevo bendiciendo la decisión de tomar la ruta deseada.

Después pregunté cual era el mejor camino (que no carretera) para llegar a Vacarisses, y me indicaron un GR por el que podía seguir. Puede parecer extraño, pero en mi total ignorancia, desconocía que España estaba surcada por una red de GRs o caminos de largo recorrido. Desde luego fue el descubrimiento del día. Los GR siguen rutas por campos y montañas, y a veces se internan y cruzan lugares habitados. Están señalados por unas franjas de pintura horizontales de diferentes colores que indican si se tratan de caminos de largo recorrido o circulares. La vergüenza se apodera de mí cuando recuerdo ese momento. Desde luego, después de ese descubrimiento mi vida en el camino mejoró notablemente. Adiós polígonos industriales et alia.

Anduve por los campos, evitando la carretera, hasta llegar a una colonia de Vacarisses  donde crucé la vía de la RENFE dirección al pueblo. Cuando llegué a Vacarisses estaba bastante cansado, por lo que estaba seguro que me rendiría. Así pues, me dirigí ufano e hinchado como un pavo real a por mi primer sello del camino. Por desgracia el Ayuntamiento estaba cerrado a esas horas, así que fui a la policía local. El agente que estaba de guardia me miró con ojos abiertos como platos y me dijo que era el primer peregrino que veía por su pueblo, y que nunca había puesto un sello en ninguna credencial de peregrinaje antes. Le pregunté por la mejor ruta hacia Sant Llorenç de Munt pero sólo conocía la ruta por carretera. Por suerte era una carretera secundaria muy poco transitada por la que fui subiendo hacia “Els Caus”.

Me dije: me rindo en un par de quilómetros como mucho. Fui avanzando por la carretera, pero estaba seguro que no podía quedar mucho para llegar a la sierra de l’Obac. En un momento dado, cuando casi había llegado a un cuello de los turones, en una curva, me dio la impresión de que era una curva que rodeaba el cuello y seguía por el otro lado. Más listo que el hambre decidí subir campo a través hasta el cuello. Cuando llegué arriba vi que la carretera no seguía por allí, sino que un bosque se extendía al otro lado. Una pista forestal bajaba por la carena en dirección aparente a mi destino. Mis baterías se cargaron de nuevo por la emoción. Por desgracia las acciones audaces no siempre dan resultado, la pista acababa en una carretera asfaltada al otro lado que me llevaba en dirección casi opuesta a mi destino. Si quería ir hacia el Este, la carretera me llevaba hacia el noroeste. La carreterita estaba rodeada por pequeñas y no tan pequeñas casas de veraneo.   Pero no encontraba ningún desvío que me acercara a donde deseaba llegar.

Cuando me perdía en el camino jamás retrocedía, sino que avanzaba hasta encontrar un desvío que me sirviera – norma que me permitió descubrir muchos lugares interesantes. En este caso encontré un pequeño sendero por el que hacía años que no caminaba nadie, y que subía de nuevo hacia la carena. Cuando ya casi había cantado victoria, en medio del bosque de nuevo, me encontré una valla de la vivienda que había en el cuello. Seguí la valla esperando un final, pero resultó que el final era otra valla perpendicular a esta que me llevaría de nuevo a la carretera.  Unos perros empezaron a ladrar por culpa del intruso que se acercaba peligrosamente a su territorio, detrás de la valla. Un hombre apareció y me preguntó que hacía por allí. Le expliqué que me había perdido, y todas las intenciones del viaje. Apartó a los perros para que pudiera saltar la valla hacia su casa y se presentó. Se llamaba Rafael y era el director de una empresa de seguridad. Insistió en regalarme dos zumos de frutas y zanahoria y me permitió cruzar su vivienda para volver a la carretera de “Els Caus”.

Parecería que la suerte ya había gastado sus dádivas  para mí en esa jornada, pero nada más lejos de la realidad. Los dioses querían asegurarse que mi fe se mantuviera en la cima y me mimaron mucho más de lo que merecía.

Seguí caminando hasta llegar a las primeras estribaciones de la sierra de “l’Obac”, donde se halla “Sant Llorenç de Munt”. Me encontré por fin con lo que sería el final de la jornada: la “Casa de l’Obac”. Esta es un centro cultural en medio del bosque para que los visitantes puedan admirar y aprender cosas sobre la naturaleza de la sierra.  Desde allí disfruté de las vistas de Montserrat, que se veía a lo lejos. Planté tranquilamente la tienda detrás de la casa, en el césped. Saqué el pan y el atún para matar el hambre. Entonces ocurrió el milagro. Una señora estaba haciendo su ronda limpiando el lugar.  Neus (nombre falso, maldita sea mi memoria) era la cuidadora de la “casa de l’Obac”, y vivía en una pequeña vivienda colindante.  Al ver que estaba recogiendo basura, la ayudé a limpiar la zona. Mientras limpiábamos el lugar fuimos hablando del Camino, de la belleza de estos parajes y del poco civismo de algunos domingueros. En un momento de la conversación ofreció la hospitalidad de su casa para que pudiera asearme y comer algo caliente. Me negué a abusar de mi suerte, pero su insistencia me hizo aceptar.

Su casa era muy confortable, y en ella conocí a su hija pequeña. Su hijo, un par de años menor que yo, se encontraba de viaje en Japón desde hacía unos meses. Me trató como si de mi propia madre se tratara: me permitió usar su ducha/baño,  me lavó la ropa, me obligó a comer un plato de sopa de pescado mientras se secaba la ropa en la secadora y me ofreció una camiseta y unos pantalones de su hijo. No sabía cómo darle las gracias. Su hija, que tenía un problema con su portátil hizo que me sintiera un poco mejor al poder ayudarla con un problema de conexión que tenía.

Salí de la casa con el cuerpo limpio, la ropa impoluta, bien alimentado y con dos nuevas amigas. Esto verdaderamente es tener la suerte de los dioses. Tantos regalos, tantas experiencias gratas, tantas personas maravillosas… El mundo puede parecer a veces un lugar hostil, pero cuando te sientes sincronizado responde con una abundancia abrumadora. Pensando en estas cosas me dormí como un lirón.

¡Hasta aquí el quinto día de Camino! ¡Bebamos y celebremos la suerte que nos brindan los Hados cada día! Hay días en que el dolor nos hace olvidar la suerte que tenemos de estar vivos y poder sentir tanta magia como hay en el mundo. Acabemos hoy con el odre de vino,  caminante, que las llamas de la hoguera calientan con fuerza gracias a la madera que has traído contigo.

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