Camino de Santiago – 7º día

Sábado 10 de abril 2010

Dioses, llevo puesta todas las capas de ropa que he traído para este periplo y me estoy congelando vivo. Enciendo el móvil para comprobar la hora, las seis. Ya queda poco para que los primeros rayos solares empiecen a calentar la tienda. Estoy a poco más de mil metros de altura y el condenado viento no ha dejado de soplar en toda la noche. Agradezco internamente a Víctor, el amigo que me dejó su forro polar para este viaje, su amabilidad. Me convierto en un ovillo e intento conciliar de nuevo el sueño dentro del saco hasta que el sol aparezca en el horizonte.

El frío es un mal menor cuando te embarga la ilusión de caminar por tierras nuevas por las que, pese a estar relativamente cerca de casa, nunca antes habías andado. Imaginando las posibles rutas que tomaré al levantarme, vuelvo a entrar suavemente en el reino de Morfeo. Con la primera luz del alba el viento va amainando y la tienda empieza el efecto invernadero que no tarda en volverla un horno. Salgo poco a poco del saco y me atrevo a abrir la cremallera del pequeño refugio. Un esplendoroso día me espera por delante, ni una nube asoma por el cielo. Veo los nevados Pirineos en el horizonte y de nuevo imagino las distintas rutas que podría hacer para acercarme hasta ellos. Hacia el este se encuentra el macizo del Montseny, zona mágica y tierra de brujas, que deseo visitar antes de iniciar mi marcha hacia el norte.

En pocos minutos he recogido el pequeño campamento y preparado de nuevo la mochila. Una primera pareja de excursionistas llega a la explanada de la ermita de la Mola. Los saludo, y, como si de una carrera de relevos se tratara, emprendo mi marcha. Por los recuerdos del mapa que memoricé ayer, debo dirigirme hacia el Montcau para después bajar por una canal hacia el valle y el pueblo de Sant Llorenç de Savall. Desde allí andar a pie de acantilado hasta el pueblo de Gallifa. La ruta hacia el monte vecino de la Mola está muy bien señalada, y el camino no tiene pérdida. El camino discurre por suelos de roca y partes de tierra, rodeado por encinas y otros tipos de árboles que en mi ignorancia no puedo nombrar. Los aromas del bosque en estas primeras horas de la mañana me transportan de nuevo a arcadia, tierra de hadas y duendes. Solo vuelvo en si cuando de tanto en tanto cruzo un saludo con los otros excursionistas que se dirigen hacia la ermita.

No tardo en llegar a un cruce de caminos. La peña del Montcau se alza imponente enfrente de mi mientras un camino se dirige a la izquierda hacia las Tres Creus y otro baja por la canal hacia el valle. Un amago de sonrisa asoma en mi rostro pensando en cómo me perdí ayer desde la Casa del Obac. Mientras observo la montaña que bien podrían haber adorado mis antepasados una mujer de mediana edad se acerca y me pregunta: Perdona, ¿eres un peregrino verdad? Con ojos incrédulos afirmo con mi cabeza y le pregunto en qué lo ha notado si estamos rodeados de excursionistas y por aquí no pasa ninguna ruta oficial hacia Santiago. Ni siquiera llevo la concha que me delataría como tal, ya que la dejé en casa de mi padre antes de partir. La mujer me contesta que es por mi aureola mística. Aún más incrédulo que antes acepto unos gajos de mandarina que me ofrece. Nos sentamos a la sombra de unos arbustos cercanos  y me explica que años atrás ella hizo una parte del camino y que ese camino le cambió su visión de la vida. Después de unos minutos hablando me da su bendición y nos despedimos cada uno por un camino distinto. Ese encuentro quedará grabado en mi mente hasta ahora que lo relato.

Empiezo a bajar por la empinada canal, y los árboles cubiertos de enredaderas tapan la mayor parte de la luz. Las rocas cubiertas de musgo a ambos lados de la canal acaban de ayudar a crear de nuevo la atmósfera feérica. Nadie ha bajado hoy por este camino y avanzo solo preguntándome aún por la intuición de la señora con mi objetivo, cuando un murmullo de agua anuncia una cercana fuente. Aprovecho para lavarme los dientes y la cara, y sentirme un poco más persona. Lleno la botella de agua con la fresquísima agua del manantial y prosigo la bajada. Como si hubieran escuchado mis pensamientos, voy cruzándome con mojones hechos por los excursionistas a lado y lado del empinado camino como reminiscencias de un pasado pagano común. Es interesante como cuando dejas la civilización, un sentimiento sacro te embarga en el caminar por los solitarios bosques. Muchas noches, cuando caminaba por los bosques rodeados de urbanizaciones de Collserola, sentía la magia y la supernatural presencia espiritual que los antiguos habitantes de la zona debieron sentir al entrar en el mundo silvestre. Recojo una piedra y hago un pequeño rezo enfrente de cada uno de los pequeños montículos dando las gracias por poder vivir esos instantes de intimidad con los seres del bosque, mágicos o no.

Al cabo de unos minutos de proseguir la marcha voy dejando el bosque atrás y veo como se alza imponente uno de los más bellos edificios neorrománticos que nunca he visto: El Marquet de les Roques. Espectacular visión que remata el mágico deambular por los bosques encantados de la parte oriental de la sierra de l’Obac. Lamentando de nuevo no haber traído una cámara fotográfica para este viaje, y memorizando el bello edificio, prosigo mi camino por campos conreados hasta el pueblo de Sant Llorenç.

Aprovecho para comprar unos víveres y hacer una pausa en la sombra para comer un poco antes de proseguir el avance bajo el tórrido sol del mediodía. Muy lejos quedan ahora los momentos de intenso frío de la pasada madrugada.

Con renovadas energías avanzo por una gran pista de tierra hacia las tierras de Gallifa, aunque poco sospecho en estos momentos de cómo me perderé y acabaré la noche en otro pueblo más allá de los acantilados… La ruta prosigue penosamente bajo el intenso sol, pero los secos paisajes campestres pagan el esfuerzo. El agua de la botella va bajando, aunque intento ir ahorrando el máximo por si tardo en encontrar otra fuente. Una antigua masía abandonada y cubierta de hiedra me saluda desde un lado del camino mientras leo en las paredes una pintada siniestra: No entrar, peligro de muerte. Rodeo la construcción sin acercarme demasiado dejando volar la imaginación en los distintos métodos de la señora muerte –derrumbes a parte- para cazar a los incautos excursionistas que se atrevieran a saltarse la advertencia. Al cabo de unos minutos llego a un cruce donde no está marcado por donde continúa el GR (camino de gran recorrido). Apostando decido avanzar hacia el acantilado, sin sospechar que poco a poco, sin darme cuenta, me desvío de mi ruta hacia el norte.

Poco a poco el paisaje va cambiando de nuevo a medida que los árboles verdes y majestuosos van rodeando de nuevo el camino. Voy entrando paso a paso hacia la Ronda de les Codines, pero por la experiencia que pasé en ellas bien las podría describir como el laberinto de les Codines. No sé cuantas horas perdí andando por esa ronda, pero si sé que su señalización no fue muy útil para mi. Vuelvo al presente… Las sombras de los árboles me atraen hacia el interior del bosque por el que muchos caminos se van cruzando. Confiando en la suerte y en mis limitadas dotes de orientación decido avanzar hacia la zona donde sospecho se esconde el pueblo de Gallifa. Voy leyendo los carteles que señalizan las distancias con las diferentes poblaciones y no veo ninguno que ponga el pueblo donde deseo llegar. El agua empieza a escasear, me queda un cuarto de botella, toda una heroicidad teniendo en cuenta la gran sudada de esta tarde por los campos de secano. Confiado en que avance hacia donde avance llegaré a algún punto de abastecimiento de agua voy siguiendo la ruta que más o menos me llevará lo más cerca posible de mi objetivo. La única ruta que avanza en la dirección que deseo esta marcada por un poste que indica una ermita. Pienso para mis adentros, ermita, ermitaños, fuente, agua. Iluso de mi. Voy subiendo por el camino que lleva a la ermita de Sant Sadurní. Cuando llego a la cima las vistas quitan el aliento. Erguida en lo alto de los acantilados, esta vetusta construcción de antes de 939 d.C, testigo de la reconquista, señorea el límite entre los antiguos condados de Barcelona y Osona. Las vistas del “SALT de la Guineu” son tan espectaculares que dejo caer la mochila al suelo y me arrastro hasta el límite del acantilado para disfrutar de la sensación de vértigo y libertad.

Me podría quedar en esta ermita si hubiera una maldita fuente de agua, pero por desgracia si está no la encuentro. Animado por las vistas y después de media hora de descanso miro el pueblo de Sant Feliu de Codines a bajo de la pared de roca. Nada que hacer por este lado, sin quererlo he llegado arriba de todo de los acantilados que debía de haber rodeado. Me siento como Ryoga, el personaje del manga Ranma que es capaz de perderse en su propio barrio. Bajo de nuevo la cuesta de la ermita y me dirijo hacia el norte empeñado en llegar a alguno de los pueblos anunciados en los postes que de vez en cuando se yerguen al lado del camino. Son las siete de la tarde, y me pierdo en el laberinto de les Codines hasta las diez, cuando encuentro el maravilloso cartel que anuncia el pueblo de Castellterçol a sólo cinco quilómetros. Ando como un loco por el camino que ya se me antoja correcto y paso alrededor de la ermita de Sant Julià, otra preciosa construcción con un pequeño templete para la virgen pero ninguna fuente de agua.

La noche empieza a caer mientras mi avance se torna más penoso a cada paso. El peso de la mochila me obliga a beber los últimos sorbos de agua mientras a lo lejos veo como se encienden las luces de lo que deseo que sea Castellterçol o el infierno mismo. A las once y media entro en el pueblo donde espero encontrar la santa fuente que me permita saciar mi sed y rellenar mi botella. No hay ni un alma en el pueblo. Exhausto por la caminata, me acerco desesperado a un coche aparcado donde un pobre hombre se gira asustado hacia el loco que avanza hacia él. Le hago señas de que no soy peligroso (intento recordar las señas exactas pero no puedo) y le digo que soy un peregrino desesperado que viene de Sant Llorenç de Munt y que desea una fuente. El hombre, un santo, sube a su casa y me baja dos botellas de agua. Casi llorando de la ilusión le doy las gracias y me dirijo al campo más cercano a plantar la tienda y descansar de la agotadora marcha de hoy.

Hoy he aprendido que no pasa nada por llevar dos kilos de agua en la mochila en vez de uno, el peso en este caso queda de largo superado por la utilidad del sagrado líquido. Bueno hoy me he extendido casi tanto como la misma caminata y no quiero hacerme pesado.

Buenas noches, caminante, este peregrino hoy está exhausto incluso para brindar. 😉

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