Camino de Santiago – 8º día

Domingo 11 de abril 2010

Hoy si que apuré al máximo el tiempo dentro de la tienda. Dormí como un tronco y, a medida que el sol iba calentando la tienda, me quité el forro polar; luego dormí debajo del saco; luego sin saco, abriendo la puerta para que entrara un poco del aire fresco de la mañana… Hasta que al final acepté la imposibilidad de seguir el descanso. Me había planteado si la policía acabaría despertándome por dormir en uno de los descampados del pueblo, pero nadie me molestó. Feliz vida rural sin agentes molestando a cada paso… Salí de la tienda, que ya casi estaba seca después del rocío de la noche, y de nuevo procedí al ritual de empaquetarlo todo cuidadosamente.

Después de la caminata del día anterior me moría de hambre y decidí que mi estómago se merecía un suculento bocata caliente de beicon con queso. Se me hacía la boca agua sólo de pensarlo. Pero el deber era el deber y, teniendo en cuenta que me encontraba en un pueblo, seguro que encontraría un párroco que me sellara la credencial de peregrino.

Fui preguntando a la gente de Castellterçol donde estaba la iglesia y me dirigí decidido a por el preciado sello. Sé que suena a tontería lo de ir sellando la credencial, pero es como una prueba física del esfuerzo y el tiempo invertidos, que refuerza la fe en lograr el objetivo de llegar al destino, algún día en el futuro. Las puertas cerradas de la iglesia parecían mofarse de mi vanidosa pretensión, cuando el pequeño cartel de los horarios de las misas vino al rescate. En una hora y media empezaba la misa. Me imaginaba abordando al sacerdote antes de empezar su sermón como si de un groupie a la caza de un autógrafo me tratara. Una simpática abuelita que pasaba por la calle empezó una entretenida conversación, y me acabó informando que el cura venía de otro pueblo, y que lo encontraría media hora antes en la parroquia.

Así pues, me dirigí feliz al primer bar que encontré y pedí, henchido de orgullo, mi premio en forma de bocata, por la proeza de la laberíntica caminata de ayer por las lomas y los bosques. Amablemente me permitieron asearme un poco en el baño, donde aproveché para lavarme la cara, los dientes, y las manos. Me mantuve apartado en la mesa más alejada, pues me daba un poco de corte mi falta de higiene. Desde la casa del Obac que no me había duchado ni adecentado, y ya distaba muchos sudorosos kilómetros de ella. Al cabo de pocos minutos el flamante bocata estaba en la mesa.

Había estado escuchando el crepitar del beicon en la plancha y oliendo la carne, grasa y aceite hirviendo…  No quise devorarlo. Suavemente, empecé concentrándome en el calor del bocata en las manos,  para continuar disfrutando de cada átomo de aroma que se desprendía de ese manjar. Fue entonces cuando abrí mi salivosa boca para acometer el primer bocado. Comía con deliberada lentitud. Experimentaba oleadas de placer extático por toda la espina dorsal desde el sacro hasta la nuca. Fui saboreando cada instante con todos los sentidos relajados prestando la máxima atención para percibir toda la gama de sensaciones posibles que me brindaba esa mundanal comida. Rematé ese orgasmo alimenticio con un zumo de naranja que se me antojó ambrosía. Di las gracias a los dioses y a la cocinera por esos momentos de felicidad y me dirigí a la parroquia del pueblo.

El párroco no tardó en llegar en un pequeño coche oscuro. Lo acompañaba un joven aprendiz de sacerdote que fue a buscar el sello mientras hablamos de la peregrinación con el sacerdote. Me recomendó llegar a Lourdes si tenía la oportunidad, pero jamás llegué a cruzar la frontera con Francia. Lo dejo para otra peregrinación.

Ya con el sello en mi poder proseguí la ruta por un camino lateral de una carretera secundaria por la que me indicaron que encontraría un camping donde debía desviarme por una senda de montaña. Al cabo de un rato el camino volvía a la carretera, y, mientras andaba, a un lado vi un club deportivo. Ni corto ni perezoso pedí un poco avergonzado a los cuidadores del lugar si me permitirían darme una ducha. Les expliqué que era un peregrino y la ruta que había hecho y la que me quedaba. No sé exactamente cómo conseguí conmover su corazón, pero el hecho es que me permitieron acceder a sus vestuarios y darme el festín de agua caliente que mi pobre cuerpo necesitaba. Les agradecí su amabilidad comprándoles una lata de refresco y proseguí mi camino agradeciendo a los dioses de nuevo mi suerte.

Al cabo de unos kilómetros más encontré el desvío de la carretera que seguía la ruta hacia Sant Miquel del Fai. Fui subiendo por el camino pedregoso rodeado de arbustos punzantes que de vez en cuando se me clavaban en las piernas, puesto que debido al calor llevaba puestos los shorts. En uno de los arañazos mi ira se dejó ir y abatí al pobre arbusto con el palo de escoba que me habían regalado como cayado mi amigo y vecino Víctor. Para mi desgracia, y como castigo de los dioses a tamaña absurdidad de devolver el arañazo con un golpe a un ser que simplemente estaba en su sitio sin molestar a nadie, el bastón se partió en dos. Incrédulo, miré la mitad que tenía en la mano y maldije para mis adentros mi violenta acción. Perdí uno de los equilibrios que me ayudaban a mantener la espalda erguida con la mochila a cuestas.

Los dioses aprietan pero no ahogan, unos centenares de metros más adelante había un pino caído en medio del camino. Examiné con ojo clínico cada una de las ramas hasta encontrar la adecuada. Con la navaja suiza que Álex, otro amigo, me había regalado para mi periplo por Perú, corté una de las ramas. Con la pequeña sierra fui cortando todas las ramitas que pendían de esta, hasta tener un bastón nuevo preparado para la caminata. Con el nuevo báculo, y contento de saber que los dioses estaban contentos por mi pequeña penitencia artesanal, seguí por el camino que no paraba de elevarse entre cimas rocosas.

En un momento dado encontré un desvío que bajaba en la dirección que estimé correcta por entre unos pequeños acantilados. No estaba seguro si debía seguir por encima de los acantilados o bajar, pero después de la experiencia de la jornada anterior asumí que era mejor bajar, contraviniendo mi propia filosofía de camino de: En caso de desvío siempre elegir la ruta que sube (mientras queden fuerzas). En ese caso, saltarme la ley fue la decisión correcta, ya que había avanzado más de lo que debía. Lo descubrí cuando llegué abajo de nuevo. En la carretera no sabía si avanzar a la derecha o a la izquierda, pregunté en una masía cercana y me dijeron que debía andar hacia la derecha, es decir hacia atrás. Por la montaña había andado de más, pero no me importó por la lección aprendida con el bastón y por los impresionantes paisajes deshabitados que había encontrado.

No tardé en reconocer el cartel que indicaba Sant Miquel del Fai, así que fui bajando por la carretera hasta finalmente llegar a ese mágico lugar. En el último tramo de carretera vi un pequeño sendero que se dirigía hacia la puerta de ese santuario y decidí emprenderlo. Aquí me esperaba la última de las dádivas que los dioses habían dispuesto para este caminante para ese día. Un paquete de Marlboro casi lleno abandonado y en perfecto estado. Desde que abandoné Sant Cugat no había fumado nada, y no estaba seguro de ver en ese regalo a Dios o al Diablo. En ese instante la tentación me pareció bien merecida y satisfactoria,  así que recogí el paquete para fumarme un cigarro después de cenar los cacahuetes que había comprado para alimentarme hasta el día siguiente.

El parking estaba completamente vacío, así que era el dueño del lugar. Planté la tienda bajo un árbol a rebosar de flores blancas que juraría que era un cerezo. Como si de un samurai me tratara, los pétalos caían a mi alrededor mientras plantaba la tienda. Unas abejas vinieron a saludarme mientras preparaba el improvisado campamento. Una vez todo estuvo preparado, aun quedaba suficiente luz para visitar el santuario sagrado. Con esa mágica luz del atardecer crucé el pequeño puente que permite la entrada al increíble valle. Nadie diría que esas fuentes se encuentran en tierras tan secas. Una puerta de hierro negaba la entrada al recinto, pero desde donde me encontraba ya podía disfrutar de toda la increíble vista de ese lugar feérico. Se trata de un pequeño edén escondido entre las montañas. Dejé volar la imaginación hasta que el sol se perdió detrás de las montañas y el frío me convenció de volver a mi tienda para refugiarme y cenar.

¡Qué día tan lleno de alegrías, experiencias y visiones tan fabulosas! ¡Oh, amigos!, desearía tanto poder llevaros a estos lugares para que pudieseis sentir la libertad y la magia que los negros tentáculos de la ciudad no permiten que sintamos… Brindo por todos los lugares mágicos que aun existen escondidos de los ojos profanos para quien decide emprender la búsqueda. Alzo la copa en su honor y deseo que algún día nuestros pasos nos lleven a ellos de nuevo.

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6 respuestas a Camino de Santiago – 8º día

  1. V dijo:

    La cronica del viaje está molando mucho! por cierto, mira lo que opina este buen hombre del camino de Santiago ^^

    http://www.lavanguardia.es/lacontra/20110114/54101062593/soy-la-tercera-persona-mas-viajada-del-mundo.html

    • daegorth dijo:

      Mil gracias por el enlace, Víctor! Qué pasada de vida este hombre, cuantas experiencias interesates… Hay algo en sus respuestas que no me acaba de gustar, pero qué vida más interesante!

      Un abrazo!

      • V dijo:

        Cierto, a mi tampoco me acaba de gustar…Aunque habría que ver que dijo él y que ha quedado de poso final en la entrevista de la vanguardia.

        Ahora, cuanto menos da una envidieja que no veas.

        Un abrazo!!

        (Ya has quitado los anuncios malignos de google? XD)

        • daegorth dijo:

          Después de haber leído su web, sigue sin acabar de convencerme del todo, pero las experiencias que ha tenido son absolutamente alucinantes. Os paso la web de este superviajero: http://www.jorgesanchez.es/

          Sobre los anuncios… Vienen con el contrato de WordPress, hay que pagar para quitarlos, y paso. 😀

          Un fuerte abrazo! 😉

  2. Mario Alberto dijo:

    Hola hola… Jorge me recuerdas soy Mario el chaval de la pizzería 🙂 , pues aquí me tienes leyendo la historia y corroborando con tu web page … muy espectacular la la historia la verdad, y bueno aquí estaré al pendiente de tu travesía saludos y no te regreses pronto a Barcelona

    • daegorth dijo:

      Hola Mario! Que ilusión verte por aquí! Espero que no te aburras con la lectura 😉

      Espero que se cumplan todos tus sueños y puedas viajar por Europa cuando termines los estudios!

      Un abrazo!

      Jordi

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