Camino de santiago – 9º día

Lunes 12 de abril 2010

El repiquetear de la fina lluvia acariciaba el techo de mi tienda de campaña. Parecía que hoy sería un día bastante nublado. Abrí la cremallera de la tienda pensando que el parking de Sant Miquel del Fai empezaría su actividad. Nada más lejos de la verdad, ni un alma que me acompañara en ese amanecer lluvioso. Estaba esperando que llegaran los primeros autocares con sus miríadas de curiosos visitantes del sagrado conjunto monástico, pero era el único ser humano de la zona. Las abejas revoloteaban en lo alto del árbol bajo el cual me había refugiado. Visto lo visto, como buen amante del sueño que soy, me metí otra vez en el saco para descansar un poco más, pensando que debía ser demasiado pronto.

Cuando me desperté de nuevo la lluvia había cesado y el cielo estaba dividido en zonas nubladas y claros por los que los rayos de Ra se derramaban en cataratas hasta el suelo. La tienda no tardó en secarse, de manera que me dispuse, como cada día, a volver a empacar todas mis cosas. No tardé mucho, pero por la posición del sol sabía que ya era un poco tarde, y que si no habían llegado los turistas, ya no llegarían. Aunque odio seguir una ruta inversa por la que ya había andado no tenía otra opción, ya que si continuaba por la carretera me dirigiría en dirección Barcelona y no el Montseny como deseaba. Así pues empecé a desandar parte del camino del día anterior, sabiendo que la visita al monasterio de Sant Miquel del Fai pagaba cualquier kilómetro extra recorrido. A sólo unos centenares de metros me sorprendieron – como tantas otras veces en esa peregrinación – los ladridos desesperados de un perro al que parecía que mi marcha desafiaba. Era el perro de los cuidadores de la entrada del monasterio, que vivían en una casa cercana al lado de la carretera. Así pues, cuando bajaron a calmar al perro tuve la oportunidad de saludarlos y de preguntar si abrirían. Me dijeron que permanecería cerrado todo el día, pero accedieron a firmarme la credencial de peregrino.

Seguí entonces desandando carretera, cuando me encontré un camino de carro que salía de la carretera y se adentraba en los bosques por los que esperaba llegar a algún lugar civilizado eventualmente. Es Cataluña, me dije, ¿que opciones tengo de perderme otra vez, tanto como para no encontrar un núcleo de viviendas? Así pues armado con la fe que proporciona la autosugestión acompañada de una gran dosis de ignorancia me metí por el camino de carro. No pasaron muchos kilómetros cuando me encontré un desvío. Uno de los caminos estaba más marcado que el otro, y parecía recorrido más recientemente por algún tractor de alguna de las masías por las que me iba cruzando. Sin embargo el otro camino parecía que se dirigía a donde a mi me interesaba. Así pues decidí por el camino menos marcado pero que más me atraía.

Al cabo de unos centenares de metros un árbol caído indicaba que hacía tiempo que nadie pasaba por allí, y de hacerlo lo hacían andando. El camino se fue estrechando poco a poco, y justo cuando estaba dispuesto a tragarme mis normas y retroceder, el bosque se abrió enfrente de mí, y apareció un pequeño paraíso en forma de una riera absolutamente feérica con sus rocas cubiertas por el musgo y sus libélulas revoloteando. Comprendí que era el Destino quien me había llevado a ese lugar para ofrendar el tabaco que encontré el día anterior, de manera que rompí los cigarros y los ofrendé a las ondinas de agua y a los gnomos de las rocas para tener a los elementales de la naturaleza de mi lado durante mi viaje. Los espíritus de la naturaleza son nuestros hermanos e hijos como nosotros de la madre tierra, y no cuesta tanto concederles nuestro tributo como miembros de la gran familia.

Una vez realizado el ritual – que me sorprende que tuviera tanta similitud tanto en la forma como en el estado mental de los que he realizado aquí en América – Decidí que quizás podía empujar un poco más mi suerte y continuar el camino por el que nadie había recorrido en los últimos meses o años. Poco a poco el camino se tornó un sendero poco practicable por el que sólo los jabalíes y los incautos se adentraban. Al cabo de unos metros más tuve que rendirme a la evidencia: Un tipo con una mochila pesada, aunque lleve por amuleto un collar con el colmillo de un jabalí, no es un jabalí por mucho que se empeñe. Así pues, una vez me convencí de que no encontraría un portal a Arcadia siguiendo por ese sendero – que hacía unos metros había dejado de serlo-, decidí con el corazón compungido regresar al camino principal. Volví a pasar por el manantial comprendiendo que me había perdido para encontrar ese mágico lugar donde realizar el ritual, y aprender a no apegarme a mis planes e ideas preconcebidos. Los planes y las normas, aunque son útiles sólo sirven como guía, pero debemos estar siempre dispuestos a saltarnos sus directrices para alcanzar mayores metas.

Como si los dioses quisieran poner a prueba ese conocimiento recién adquirido sobre las leyes, la lluvia empezó a azotarme el rostro de nuevo. Un viento frío se levantó helándome la sangre. Parece mentira como puede cambiar un paisaje con la lluvia y la niebla. Seguí andando por los bosques ascendiendo por el camino que me dirigía a alguna cima montañosa mientras me reía por dentro por el fino humor de los dioses. Si hacía dos días el calor casi acaba con mi moral al no tener agua, ahora el agua me sobraba y era el frío Ymir el que se oponía a mi marcha. La ventaja con el frío es que cuando más andas más calor generas, de manera que avancé una kilometrada sin darme cuenta. Una visión que permanece en mis retinas de ese día es la de una masía abandonada, en medio de un valle, completamente cubierta de hiedra, escondida entre la niebla. Esa masía me recordó la nostalgia de vivir en un campo apartado de las redes de la ciudad. Quizás en un futuro tenga la oportunidad de reencontrarla de nuevo. Fantaseé mientras subía de nuevo la ladera del valle en como organizaría una aldea ecológica en esa zona.

Estaba aterido por el frío y no encontraba ningún refugio de la lluvia, y la masía ya estaba muchos metros atrás, de manera que escuchar los lejanos gritos como murmullos de un grupo de niños fue un alivio. La civilización estaba cerca… Pero no tan cerca como uno podría esperar. Parece mentira cuan lejos llegan los gritos en un bosque, de manera que aun tuve que andar bastante más para llegar a un claro del bosque. Una casa se veía a lo lejos, por lo que estaba seguro de haber llegado al pueblo. Cual fue mi decepción cuando preguntando a los de la casa – que resultaba ser una casa de colonias- me dijeron que el pueblo estaba aun a unos siete kilómetros. Seguí sus indicaciones en dirección a la carretera y empecé de nuevo la marcha penosamente bajo la lluvia, sobre el ingrato asfalto. Para no perder el humor, tengo la costumbre de saludar a todos los coches con los que me voy cruzando, y por lo general devuelven el saludo. Ese día hubo más que saludos, y un chico –que era montañista- paró su coche y se ofreció a acercarme los últimos kilómetros hasta el pueblo. Empapado y cansado como estaba no tuvo que insistir mucho para que superara mi orgullo y subiera agradeciéndole a él y a los dioses su ayuda. Su nombre era Iván y me había visto mientras subía con su padre a su terreno familiar. De bajada al volverme a ver decidió parar su coche para llevarme.

Me llevó al bar de la plaza del pueblo de Centelles donde pedí un cacaolat bien caliente – supongo que años de publicidad habían hecho su efecto en mi córtex frontal- y un bocata de lomo. En el bar sólo estaban una chica que tomaba un café y la camarera, que al ver mis pintas preguntó cual era mi objetivo. Empecé a hablarle del peregrinaje con emoción, hasta que la chica del café dijo algo del estilo: si sigues a este ritmo no llegarás muy lejos. La miré entre extrañado y sorprendido por su audacia y le repliqué las aventuras que ya había recorrido hasta llegar a su pueblo. Lejos de inmutarse siguió con la discusión sugiriendo que hablara más pausadamente. No puedes imaginarte como me sentí de molesto, es lo que pasa cuando te muestran un espejo demasiado real de ti mismo que no estás dispuesto a ver. Cuando me trajeron el bocata, sugerí ir a una mesa, y ella, que estaba haciendo tiempo para ir a la biblioteca aceptó sentarse conmigo. La incredulidad inicial fue tornándose admiración a medida que íbamos hablando. Parecía que la conocía de toda la vida y sólo llevábamos unas horas hablando. Tomamos un par de cervezas – el calor del lugar ya me había quitado el frío de la mañana- y me sugirió de ir a otro bar más tranquilo. Hablamos de nuestras vidas, nuestros problemas, sueños, aspiraciones, metafísica, aficiones,… Vamos de todo lo que se puede hablar con una pareja. Aun no doy crédito al destino y al extraño modo de conocernos gracias a las diferentes pérdidas por los diferentes caminos. Después fuimos a su casa donde estuvo tocando el órgano electrónico y el saxo. ¡Una bruja artista! Demasiada suerte para este caballero andante fuera de su época. Después me acompañó al hostal donde pasaría la noche. Esa noche me bañé con agua hirviendo y dormí como un lirón pensando en los paisajes del día y con Marta, la sugerente e intrigante chica-bruja que el destino había querido que conociera en tales circunstancias.

Normalmente termino el relato en la noche, pero esta vez me alargaré para relatar parte de la mañana, ya que la historia va seguida. Cuando me desperté por la mañana ella me estaba esperando a bajo en la recepción, cosa que me sorprendió muy gratamente, ya que no esperaba tanta consideración por un extraño. Fuimos andando hacia la Ermita de la salud y a medio camino paramos en un prado, al lado de un pino. Con sus conocimientos de herboristería fue enseñándome todas y cada una de las diferentes hierbas de la zona, a lo que yo no daba crédito aún. Estaba viviendo mi propio sueño-viaje, y esa experiencia era como el máximo regalo que podían ofrecerme los dioses. Nos sentamos en la hierba y empezamos a acurrucarnos hasta sentir claramente el aliento del otro. Le acaricié el rostro, y aun inundado por la atmósfera onírica nos besamos bajo el árbol guardián del camino. Estuvimos un buen rato abrazados, hasta que le dije que debía seguir con mi camino, pues mi misión personal no estaba concluida. Era maravilloso estar con ella pero debía seguir en busca de mi grial. La despedida fue triste, pero cada día encendí el móvil para hablar con ella al menos unos minutos. Al finalizar el viaje la llamé y empezamos una relación íntima que duró hasta que vine a México. Supuestamente iba a acompañarme, pero el destino tenía pensado otros caminos para ambos.

Doy gracias a la Diosa por sus múltiples avatares gracias a los cuales vamos conociéndola poco a poco, abriendo nuestro corazón y cerrando viejas heridas del pasado… Los designios de los dioses son extraños para el ojo humano, pero si algo he aprendido en el camino es a fluir y no preguntarme el porqué de las cosas, sólo agradecer todo lo sucedido.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Peregrinando por España y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s