Camino de Santiago – 10º día

Martes 13 de abril 2010

Bajo la sombra de las retorcidas ramas de un vetusto pino nos abrazamos como si nuestras almas se hubieran conocido en otra vida. No parecía haber secretos entre nosotros. Nuestros besos parecían más los de los viejos amantes que conocen los caminos del placer de su pareja que los de dos extraños encontrados en medio del sendero.

Sus grandes y oscuros ojos me hipnotizaron desde el primer día; su pálida, suave y cálida piel me invitaba a besarla y acariciarla como si el néctar de los dioses emanara de ella. Me dijo que me quedara unos días más en su mágica tierra encantada, pero mi espíritu, aunque alborozado por las caricias del deseo, me instigaba a continuar la senda hacia el conocimiento.  Bajo el viejo árbol sellamos el pacto del reencuentro futuro cuando hubiera acabado la búsqueda interior a través del Camino.

Nos despedimos en el camino que llevaba a la ermita de la Salut, con un fuerte abrazo empañado por sus lágrimas. Emprendió el camino hacia su casa andando con paso suave pero firme, sin girarse, tal y como había prometido, hasta que una curva la hizo desaparecer tras unos arbustos.

Aún incrédulo por el mágico encuentro que el destino me había proporcionado en la tierra de las brujas, en las cercanías de Centelles, dirigí mis pasos con brío y renovadas energías hacia mi siguiente destino, el pueblo del  Brull, en la falda del Montseny. Me sentia repetir una historia pasada, de caballeros, hechiceras en sus mágicas cuevas y peregrinaciones sagradas hacia lo oculto.

Las indicaciones que me habían dado eran correctas, pero en medio de mi lucha interna intentando asimilar las experiencias del día y la noche anterior me despisté – como de costumbre- y acabé en Hostalets de Balanyà, así que hube que desandar varios kilómetros hasta llegar de nuevo al desvío de Centelles y encontrar la ermita de la Salut. La encontré abierta y sin nadie dentro, por lo que aproveché para dirigir mi agradecimiento a la diosa en forma de virgen que regentaba el altar. Una vez realizada el rezo mis pasos me dirigieron a Tona, entrada ya la plana de Vic, para desviarme cruzando campos y la vía del tren de la RENFE hacia la carretera de la Seva.

Varios kilómetros después, saliendo de la carretera cada vez que oía el motor de un camión por lo estrecha de la misma llegué hambriento al pueblo de la Seva. El destino me acercó a un bar llamado la Perla regentado por una familia gallega. Después de comer un buen plato de menú de pueblo, hablando con los propietarios salió, como no, el tema del peregrinaje. Cuando escucharon el objetivo de la marcha me ofrecieron pan con atún y unas manzanas para el camino. Las dádivas de los dioses no cejaron de llegar en toda la peregrinación.

Sólo cinco kilómetros me separaban de mi destino, así que reemprendí la marcha por la estrecha carretera hacia el Brull. Como comenté en posts anteriores, no puede compararse el cansancio mental de andar por una carretera comparado con andar por los caminos de montaña. A medida que me iba acercando unas nubes asomaron para avisar de la inminente lluvia que amenazaba con hacerme sentir el frío de la jornada anterior. Gracias a la diosa jamás llegó a materializar la amenaza mientras andaba, por lo que en una curva del camino, la violeta anaranjada luz de la puesta iluminó el campanario del pequeño pueblo del Brull. ¡Ya había llegado!

Cerca del pueblo se encuentra un antiguo poblado íbero que visité hacía años con mi ex-pareja del que guardo un grato recuerdo. Pero la noche empezaba a echárseme encima, por lo que hube que renunciar a volver al poblado y buscar un sitio para acampar. Andando el camino que me acercaría al poblado encontré un prado rodeado de bosque que se me antojó el sitio perfecto para montar mi pequeño campamento. Unos minutos después ya estaba completamente instalado acompañado de la oscuridad y el sonido de los insectos. El merecido descanso se acercaba.

Como siempre antes de acostarme medité sobre todo lo sucedido en el día, y una ola de emoción y agradecimiento me recorrió la espina hasta los lacrimales. Una fina lluvia empezó a repiquetear con la tela de la tienda a la vez que las primeras lágrimas empezaron a surcar mi rostro. Las lágrimas de felicidad no son fáciles de hallar para el buscador debido a toda la programación para retener las emociones que recibimos desde la infancia. En la liberad del monte, acompañado por los dioses y las dríadas del bosque se facilita esta herramienta alquímica que como una válvula de escape, permite equilibrar de nuevo nuestras energías.

Buenas noches caminante, hoy ha sido un día pausado a nivel físico, pero lleno de emociones que creía enterradas hacía siglos cuando acabó mi anterior relación. Te ofrezco un poco del vino del odre que hoy ha llenado la familia gallega de la Seva.

Bajo las estrellas dirijo un rezo de agradecimiento por todas las dádivas que los dioses vierten como néctar en nuestras vidas. ¡Cantemos caminante! ¡Alegremos nuestros espíritus con el sagrado Verbo que inunda la “creación”!

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2 respuestas a Camino de Santiago – 10º día

  1. Marti Nez dijo:

    Un placer leerte como siempre 🙂
    Saludos corporativos 😉

    • daegorth dijo:

      El placer es mío de recibir tu visita compañero y hermano.

      Me pregunto cuando los dioses volveran a cruzar nuestros pasos mi querido “corporated”. 😉

      Recibe un fuerte abrazo desde este pedacito del Edén que es Utila.

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