Camino de Santiago – 11º día

Miércoles 14 de abril

La lluvia no parecía querer abandonarme y bajo su abrigo amanecí. En ese viaje llevaba una tienda de montaña, la cual aguantaba bien los aguaceros. Por suerte esa mañana no fue un diluvio sino una fina cortina de agua y niebla las que me sacaron de mi ensoñación. Guardé la carpa y empaqueté de nuevo la mochila. Después comí un poco de pan con atún y emprendí de nuevo la marcha. Examiné el mapa que se encontraba enfrente de la iglesia del Brull para los turistas. Mi intención era acercarme al pantano de Sau, siguiendo un GR. Debía volver a Seva y después dirigirme hacia el pantano.

Una vez en Seva quería que mis pasos me llevaran hasta Sant Romà de Sau, pero acabé el día durmiendo en Sant Hipòlit de Voltregà, justo después de la ciudad de Vic. Mientras salía de Seva la intuición me decía que estaba desviándome, pero no quise escuchar y, además, no había nadie a quien preguntar. Así pues seguí andando por los caminos rurales de la plana de Vic. Los turons testimonis (colinas testigos) me iban saludando a lado y lado del camino. Son unos pequeños y no tan pequeños montículos que nos informan del pasado geológico de la plana de Vic. En el pasado la plana estaba a la altura de las colinas testigos, pero la erosión fue rebajando el suelo hasta que finalmente sólo quedaron estos dispersos testimonios.


Había dejado atrás la lluvia cuando entré en la plana de Vic, y el sol en su zenit ya me iba bronceando la piel, haciéndome sudar de lo lindo. A lo lejos podía divisar unos primeros edificios, los cuales confirmaban que mi intuición en Seva estaba en lo correcto: Mis pasos me llevaron hacia Vic. Pero ese día no me importaba haber llegado a la ciudad. Por alguna razón mi corazón era presa de la prisa y no deseaba seguir avanzando en dirección noreste hacia Sau, sino hacia el norte hacia Montgrony. Sé que no soy el típico turista, y que me pierdo muchas cosas que otros encuentran imperdonables, pero siempre que viajo me trazo un camino muy abierto donde sólo me preocupan los ejes cardinales y unos puntos de referencia que me sirven más o menos de guía. En el caso del Camino de Santiago o Eunate los puntos que me había marcado eran: Montserrat, Sant Llorenç de Munt, Montseny, Montgrony, Lourdes (si cruzaba a Francia) junto a Puy. Como al final me quedé en la Península Ibérica pasé por alto los dos puntos de referencia franceses. Como iba diciendo, por alguna razón la prisa atenazaba mi corazón y una voz de alguno de mis visires me urgía a llegar a la meta. En un viaje no puedes esperar tener prisa por la meta, pues el camino es el que te enseña, no el final. Me hubiera gustado visitar Sant Pere de Casserres, pero no era uno de los hitos que me había marcado, así que lo dejé para otra ocasión.

La vida del peregrino o viajero eterno no está ligada por el tiempo, así pues me pregunto el porqué de dicha prisa. Sé que se origina en una parte de mi ser que en ese entonces y aún ahora no logro localizar. Sé que se trata de uno de mis visires, pero por desgracia lo desconozco y aún no he podido entablar un diálogo con él. Nombro visir a cualquier parte de mi inconsciente que toma poder en un momento dado. Los dioses y demonios que llevamos dentro son lo que llamo visires. El emperador es el yo consciente, y no siempre consigue un buen gobierno, a veces falla la fe y un visir toma el control. Los psicólogos llaman emociones y pulsiones a estos seres internos de nuestro sueño, pero cuando despertamos a una realidad mágica y aprendemos el arte de la nomenclatura, reformamos nuestro mundo y aprendemos a comprenderlo. Así pues uno de los visires oscuros, uno de los demonios que se alimenta del miedo tomó el control manipulando mi consciente y haciéndome sentir que llegaba tarde a mi cita. ¿Pero qué cita? Estaba solo, no dependía de nada pero aun así el demonio me obligaba a acortar la ruta para llegar a tiempo a Santiago. En esa época no era artesano, ni danzante de fuego, de manera que aún no había aprendido a vivir del camino. La sociedad me seguía controlando a través de un dinero que se acercaba a su fin. Aún no había vencido al demonio del miedo a la escasez, y no podía tardar demasiados meses a llegar a Santiago -para ese entonces estaba convencido que llegaría a la cita compostelana- antes de que se acabaran mis ingresos.

No me resistí a su tentación, sucumbí a su poder; la templanza y la paciencia me abandonaron. Tenía más prisa por la meta que amor por el descubrimiento de nuevos paisajes.

Agradecí haber llegado a Vic, ciudad que había cruzado en coche decenas de veces para dirigirme a mis amados Pirineos. Andar por la ciudad a pie fue una bendición. Jamás pensé hallar tanta belleza en una pequeña urbe tan cercana a casa. Seguí aprendiendo el valor de caminar por la vida, a mi ritmo, no el de la sociedad. Este ritmo es un ritmo que permite el aprendizaje, la ensoñación y la admiración de la belleza. Fui avanzando por la ciudad episcopal hasta llegar a la iglesia y allí busqué donde conseguir el sello de peregrino, pero nadie me lo pudo dar. Como el museo episcopal estaba cerca fui allí a pedir el preciado sello. Una vez conseguido el sello decidí que encontraría un albergue de peregrinos en una ciudad tan pía. Nada más lejos de la verdad. El único albergue que había era uno de juventud, gestionado por la Generalitat de Catalunya sito en la otra punta de la ciudad. Ello me permitió admirar el centro y su casco antiguo, digno de admiración. Relajado por los cinco días ganados por el error de ruta y con una tripa vacía, me encaré a un puesto de kebabs y me zampé un Durum que me supo a gloria. Al cabo de una hora ya me encontraba en la recepción del albergue.

El único precio que me ofrecían eran 26 euros para pasar la noche, con lo que les pedí que me dejaran duchar y cambiar. Accedieron y seguí mi ruta. Como no tenía muy claro como evitar la nacional para ir hasta Ripoll y vi una comisaría de policía cerca me dirigí hacia allá para pedir algún tipo de logística, ya fueran indicaciones o un mapa de zona. Creo que esos Mossos d’Escuadra han sido los policías más amables que he encontrado en mis viajes. Sorprendidos por mi historia, me ayudaron muy activamente. No tenían mapa que ofrecerme, se fueron preguntando unos a otros si conocían alguna alternativa, y al final acabando llamando a dos compañeros de la rural para ver si ellos conocían algo. En unos minutos la unidad de los rurales llegó, y habló de una posible ruta por Santa Cecília y Hipòlit de Voltregà. No sólo eso, sino que se ofrecieron para llevarme hasta las afueras en el camino a Santa Cecilia. Eran unos dos kilómetros, y después de haber andado todo el día era de agradecer. Me despedí efusivamente de ellos y andé hasta cerca de una masía donde planté la tienda y me preparé para la ruta a Ripoll. La espalda empezaba a dolerme por el esfuerzo, pero al menos el dolor de pies de los primeros días ya se había ido completamente. El dolor sería mi fiel acompañante los días siguientes. Pero los Pirineos se alzaban majestuosos delante mío, invitándome a aproximarme a su templo… Ecos lejanos de Pirene llenaban mis oídos y mi mente se distraía pensando en Heracles, el incendio, sus trabajos… Toda la mística de los mitos lavaba mi paso por la ciudad, y poco a poco volvía a mi realidad mágica.

Hoy y mañana son días de historias cortas con poca magia relatable, y con los ánimos un poco bajos. Quizás el corazón me pedía que volviera con la hechicera de Centelles, pero la mente me pedía seguir. Cuando obligamos a algo al cuerpo sin escucharlo este se rebela y entra en huelga. Así fue como acabé con una lesión de espalda que se agravó al día siguiente.

Un fuerte abrazo, caminante, alzo una copa en tu honor para celebrar tus futuras victorias frente a tus demonios, usando el amor hacia todas las partes de tu ser, incluso a estas mismas entidades. Amor y compasión es todo cuanto necesitas para vencer a tus oscuridades.

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Una respuesta a Camino de Santiago – 11º día

  1. Bueno, un placer acompañarte. Bonito tu encuentro, muy mágico. Besos 🙂
    Y si sigues adelante con este camino… recuerda que tienes tu albergue en el mío… y si no quieres sentirte solo mientras lo compartes… o deshilachar tu camino… lo mismo. Mucha felicidad.

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